30 nov. 2008

007 - Que no morirá

Esta mañana me levanté más tarde de lo habitual. Luego de desayunar, me dispuse a bajar al malecón para observar a las familias que, según había escuchado, llenan esa zona todos los domingos.

Casi había salido del edificio cuando apareció Carmen. Delante de ella, un señor mayor y con la cara llena de recuerdos, era transportado en un singular silla rodante.

     —Buenos días —dijo con una sonrisa la mujer. —Papá, él es Carlos. Un amigo del edifico.
   —Mucho gusto —respondí asintiendo con la cabeza. El anciano, que me miraba con ojos lechosos, no mencionó palabra. Pensé que había hablado muy bajo pero antes de que lo dijera más alto, Carmen meneó la cabeza y entendí que no era necesario.

Dado que el ascensor estaba averiado, nos tocó (el plural se lo debo a mi naturaleza de caballero) subir al padre de Carmen por las escaleras. Quince pisos. Este señor no saldrá de aquí muy seguido, pensé.

     —No sé que hubiese hecho sin ti, Carlos. Te agradezco mucho... Mira nada más como has sudado. Pasa, que creo que tengo cola en la nevera. Pasa. ¿Hielo? Aquí está. Que calor ¿no? Yo es que lo del calentamiento global no me lo creía hasta ahora. Papá, deja eso. ¿Quieres ver televisión? A ver... te quedas aquí. ¿Deportes? ¿No? Bueno, te dejo el control. Con este botón cambias ¿si? Ahora regreso. ¿En qué estabamos?
     —Yo estaba yéndome. Quiero ir a dar una vuelta al malecón.
     —Te va a encantar. Es preciso.
     —Eso he oído. Bueno, gracias.
     —No, gracias a ti.

Salí casi corriendo del departamento y del edificio. Afuera, noté que Rocío se encontraba en la vereda de enfrente esperando poder cruzar. Llevaba una Biblia, un rosario y un atuendo de misa. La vi, pero ella no quiso alcanzar a verme.

El malecón, es un área recientemente regenerada que se extiende a lo largo de toda la costa. Está lleno de áreas verdes y de gente. Me senté a ver a las personas y lo primero que llamó mi atención fue un niño que lloraba y pedía a su padre que le comprase un helado. El sujeto se volteó y juraría que lo que quería era arrancarle la oreja al pequeño mientras con la boca torcida gesticulaba palabras que no alcancé a comprender. A mi lado, se encontraba una mujer mayor, de pelo blanco y rostro diluido.

     —Cada uno sabe cómo cría a sus hijos. —me dijo.
     —Me pareció, de todas maneras, muy violento.
     —Dale a tu hijo con vara, que no morirá, dice la Biblia.

Me puse de pie y volví a mi departamento. Aquella anciana debió golpear mucho a sus hijos. Debió sentirse siempre justificada por el evangelio. Quizás, el problema de los seres humanos es que son demasiado cómodos. Como dialogar, escuchar y comprender requiere de más esfuerzo, prefieren usar los golpes, la violencia.

Escucho ruidos afuera. Iré a ver qué sucedió.

1 comentarios:

GuayaquilSpy dijo...

hola, tienes muy buen blog, espero que te unas a la campaña contra la violencia en el hogar en http://violenciafamiliarguayaquil.blogspot.com